martes, 25 de diciembre de 2007

Me gusta imaginarme, Navidad...

Me gusta mucho ejercer mi imaginación cuando pienso acerca de aquellos días en Belén y al hacerlo, trato de desmitificar todo aquello que la tradición y los libros de cuentos y las películas han agregado a esta historia tan amada y básica del ser cristiano. No porque toda esa fantasía no me guste, sino que el hecho en sí mismo, su crudeza y su circunstancia histórica son superiores, en belleza y grandeza, a todos esos aditamentos.
Cada vez que paso por aldeas lejanas y antiguas , lugares donde aún los pastores y los campesinos están inmersos en sus tareas con herramientas no muy diferentes de lo que se usaba antaño y su vestimenta tan antigua como su trabajo (pareciera que desde el siglo I hasta el XXI no hubieran transcurrido veinte siglos ), vuela mi mente otra vez a aquellos días de María y José y la buena nueva del nacimiento de Jesús.
Cuando veo en los pesebres o tarjetas navideños a María con mantos tan níveos o celestiales, a José tan sumiso, casi sin personalidad, a un lado del pesebre sin un músculo que denote decisión o valentía como jefe de familia, como ajeno al proyecto de Dios (Cuando en verdad fue parte activa en el difícil rol que Dios le otorgó); las aureolas de luz, el ropaje impoluto y generoso; ángeles, pastores y animales , todo fácil, ordenado y en su justo lugar... eso me roba el meollo, la aventura de la navidad.
Cuántas veces José y María habrán interrogado a Dios en sus oraciones :“por qué todo tiene que ser tan difícil para nosotros y para este niño” o “por favor, Señor, tus planes son increíblemente hermosos pero nosotros somos humanos y débiles para tus grandes proyectos” o “Sé clemente con tus siervos, Dios, pues son tiempos difíciles y peligrosos, de modo que te rogamos seas discreto y no provoques a tanta gente con tus decisiones”. Porque convengamos que Dios cuando habla, por más que lo haga en susurros y elija a personas de bajo perfil, nunca pasa inadvertido y provoca grandes cambios y alteraciones. Y grandes pasiones. La visita de los sabios de Oriente, el enojo de Herodes, la matanza de los bebés, la huida a Egipto son apenas anécdotas de lo que siguió a ese simple nacimiento en la no menos simple aldea de Belén.
Cómo habrán vivido exactamente el nacimiento de Cristo todos estos personajes ligados a la Navidad, nunca lo sabremos, pero sí podemos imaginar los interrogantes de José y María acerca del futuro de ese niño, la angustia de las responsabilidades de criarlo como si fuera un chico normal y corriente sabiendo que no lo era... Las ilusiones de los pastores y la gente común que tantas veces habrá escuchado promesas y esperado milagros que nunca se habían cumplido, pero que ahora bien podría resultar cierta la esperanza del verdadero Mesías... El hecho de nacer en un lugar tan pobre y anónimo resultaba sospechoso tratándose del hijo de Dios... pero también era un buen signo que Dios alguna vez se fijara en los pobres y los eligiera como albergue para su hijo... eso también era grandeza y un gran gesto viniendo de Dios. Y los ancianos, esos sí que se regodeaban mirando al bebé entre sus pañales y muy en lo profundo de su corazón, un corazón que se acercaba mucho al reencuentro con Dios (los viejos reconocen más fácilmente a Dios porque han vivido mucho y tal vez sienten con más fuerza su cercanía) daban gracias en silencio y en secreto y bendecían al niño a quien reconocían como el verbo hecho carne. La muerte podía venir en cualquier momento, ya no le temían. No había dudas :Dios había hablado

Salwa Azzam
Red De liturgia del Clai